Criaturas
Hay cosas que no se eligen.
Uno nace llorando. Con el cuerpo mojado.
La carne blanda y temblorosa.
Los ojos cerrados al mundo y el alma abierta como una herida.
Uno nace necesitando: calor, brazos, leche, nombres.
Ese es el principio.
Y el resumen de casi todo: hambre, espera, frío.
Esperanza también.
Un cuerpo nuevo, puro, sin historia.
Pero ya lleno de historia antes de empezar.
Luego viene lo otro.
El lenguaje, que trae verdad y mentira.
El miedo, que llega de noche y se queda para siempre.
Y esa mentira repetida: que todo se puede.
Pero el cuerpo se cansa.
La fiebre sube.
Un padre muere.
Un amigo se va.
.
Mientras tanto: el tiempo no alcanza.
Ni aunque uno madrugue. Ni aunque uno medite.
Uno ama.
Se equivoca.
Envejece.
Y un día —sin aviso— ya es tarde para casi todo.
Y lo que no dijimos —te quiero, perdóname, estoy—
se queda detrás,
pegado a la espalda,
como una sombra que no suelta.
Si algo nos define, no está en el centro. Está en el borde. En ese límite que no elegimos pero nos dibuja.
Negarlo es un gesto adolescente.
Casi tierno, por lo ingenuo.
Pelear contra él es como discutir con la gravedad.
Uno puede intentar volar.
Pero siempre vuelve al suelo.
Y es ahí, en el descenso, donde está la verdad.
El borde no es obstáculo.
Es forma.
Punto de partida.
Tierra firme.
Lo que nos salva de perdernos en el aire.
La línea que no se cruza no es una jaula:
es la orilla desde la cual —si uno se atreve a mirar de frente—
empieza todo lo demás.
Y si uno puede hacerlo,
puede que descubra, por fin,
dónde empieza lo verdaderamente suyo.
Lo verdaderamente nuestro.
Yo hay veces —muchas, demasiadas— en las que me pregunto si en esto del progreso vamos por el camino correcto.
Si eso que llamamos «ir hacia adelante» tiene algo que ver con lo que somos o si se fue a otra parte.
No sé.
Quizá hacia el lado de las máquinas. De los robots. De la eficiencia absoluta.
Hacia ese futuro blanco y gris y no marrón, verde, azul.
Hacia ese ideal brillante que no suda, no duda, no envejece.
Y entonces me pregunto si no deberíamos parar un rato a mirarnos y a preguntarnos qué somos. Qué somos de verdad. No lo que producimos, no lo que aparentamos. Lo que somos cuando fallamos, cuando temblamos, cuando simplemente existimos. Quizá para tener un punto fijo del que partir y ver si la línea trazada es la correcta.
Porque sí, claro, hacer cosas es humano.
Rendir.
Ser eficientes.
Rápidos.
Pero también es humano cansarse.
No saber.
Necesitar ayuda.
Perder el tiempo mirando un punto fijo en la pared.
Quedarse aunque no haya nada que decir.
Tocar sin saber si está bien.
Preguntar sin tener derecho.
Contar algo solo para que el otro lo sepa.
Y me da miedo pensar que todo eso esté quedando fuera del mapa.
Como si nos estuviésemos borrando a nosotros mismos.
Desdibujándonos con cada atajo, con cada búsqueda de mejora que creemos conquista pero quizá sea pérdida.
Y entonces me pregunto por qué pasa esto.
Y luego me distraigo y miro el móvil.
Por ahí entra todo:
lo que quiero y lo que no.
Las noticias que no entiendo.
Las desgracias ajenas.
Las alegrías que no me tocan.
Entra el trabajo, aunque sea domingo.
Entra el deseo de otros, disfrazado de motivación.
Entran personas que ya no están en mi vida y, sin embargo, siguen ahí.
Entra el futuro.
Entra el pasado.
Todo menos el presente, que parece no caber.
Y pienso que quizá ahí esté parte del problema.
En todo que tanto nos facilita la vida y nos cambia las formas de hacer.
En todo eso que nos resuelve, nos ordena, nos acomoda la vida.
Un clic y la compra.
Un clic y la respuesta.
Un clic y la promesa de que todo se simplifica.
Pero, ¿y si en esa simplificación también nos están amputando algo?
Algo sencillo o muy grande en el fondo.
Como bajar al mercado y oír el murmullo de la gente.
Ver el brillo húmedo de las frutas.
Sentir la voz que te nombra al darte el cambio.
Sonreír a la vecina. Ayudar a la abuela con la compra.
Tocar la tierra con las manos.
Acariciar el lomo tibio de un animal.
Ver crecer un tomate.
Pedir ayuda a tu padre con la estantería, no a un tutorial.
Preguntar a mamá por la receta, no buscarla en Instagram.
La tecnología nos da eficiencia. Tiempo.
Pero algo se lleva.

Ortega ya lo dijo: cuidado con la técnica.
Debe ser muleta, pero no sustituto.
Jamás pierna.
Pero también me digo, a veces, que cómo no intentar eso, cómo no querer automatizarlo todo un poco —incluso a uno mismo— si lo humano duele.
Si lo humano duda.
Si lo humano se equivoca
y se arrepiente
y vuelve a equivocarse justo en el mismo lugar.
Cómo no querer sentir menos, no cansarse, no llorar por algo que ya no se puede arreglar.
Cómo no desear, aunque sea en secreto, ser de acero, no tener miedo, no tener que amar para no perder.
Y entonces entiendo, un poco, por qué tanta promesa de felicidad instantánea, de calma comprada, de soluciones sin proceso, de anestesia. Lo entiendo.
Pero también pienso que, si dejamos de sentir por miedo a sentir, ya no estamos evitando el dolor: estamos evitando la vida entera. Y no sé si eso vale la pena.
No sé si se puede llamar vivir a eso.
Y ahí me acuerdo. De nuestros niños distraídos. De nuestros adolescentes zombis. De nuestros mayores apenados. De la falta de atención y de cuidado hacia el otro y del abandono y de los índices de carencia de salud mental. Y de los suicidios de los que se habla poco, muy poco, como si nombrarlos fuera peligroso, como si el silencio los contuviera.
Cada día 11 personas en España deciden irse,
4.000 al año. Y no hacen ruido. Ni dejan puertas abiertas.
Solo un hueco que nadie sabe con qué llenar.
Quizá por depresión. Por desesperanza vital. Por soledad.
Y pienso que quizá todo esto tiene algo que ver. No todo, pero un poco sí. No sé, no tengo pruebas, pero tengo una sensación en el pecho, una sospecha, de que hay una relación entre tanta promesa de perfección y tanta gente rota por dentro. De que vivir fingiendo que no duele termina por doler más. De que exigirnos funcionar como máquinas nos está dejando vacíos, desconectados, agotados.
De que quizá sea este mundo que estamos dejando,
el que nos arranca —sin que lo notemos— justo eso que hacía que valiera la pena estar vivos:
lo lento, lo blando, lo torpe.
Y entonces me pregunto si hay alguna manera de recuperarnos.
No sé si volviendo a lo antiguo o inventando algo nuevo.
Quizá si nos detuviéramos —no mucho, apenas lo justo— y tratáramos de definir lo que somos, sin vergüenza ni expectativa, tal vez encontraríamos otro punto de partida.
Algo más real.
Más habitable.
Porque si no sabemos qué somos, ¿cómo vamos a saber qué necesitamos?
Si no entendemos de qué estamos hechos, ¿cómo vamos a construir algo que no nos aplaste?
Negar el límite no nos libera.
Nos deja sin raíces.
No importa lo que soñemos ser —superhéroes, robots, dioses—, siempre volvemos a lo mismo:
nuestra condición.
Lo que no elegimos.
Lo que simplemente es.
Queremos omnipotencia, pero seguimos enfermando, llorando, muriendo.
Queremos ser dioses, pero seguimos olvidando un cumpleaños, perdiendo las llaves, llorando en la ducha.
Queremos ser máquinas, pero el cuerpo se fatiga, el corazón se enamora, la memoria olvida.
Esquirol lo dijo: el destino es lo dado, lo heroico es rebelarse un poco, pero nunca abolir lo humano.
Nunca abolir lo humano.
Crouch lo dijo: la zona de los superpoderes es un espejismo. Siempre seremos criaturas.
No héroes.
No dioses.
No sistemas.
Criaturas.
Quizá entonces, la pregunta nunca fue «¿por qué no ser como robots?».
La pregunta real es:
¿qué hacemos con el hecho de que no podemos serlo?
Porque al final, todo se reduce a algo simple:
los cuerpos enferman, los vínculos duelen, el tiempo se agota.
Y aun así, todos los días alguien cocina para alguien.
Alguien espera.
Alguien se queda.
Alguien escucha.
Y eso no ocurre a pesar del límite.
Ocurre gracias a él.
El límite no es una traba:
es la verja del jardín.
Es la orilla del mar.
Es donde empieza el cuento.
Así que no, no hay error en nacer incompletos, en morir frágiles, en vivir despacio.
El error es pensar que se puede vivir de otra forma.







Cuánta verdad. Y qué manera más bella y auténtica de contarlo.
¿Cuándo hemos tomado esta deriva?
Este anestesiar los sentidos y la necesidad de que todo sea aséptico nos está desdibjando como criaturas y creando robots en cadena.
Yo siento que cada vez es más difícil encontrar personas con las que hablar con honestidad, desde quienes somos, y no desde lo que pretendemos ser o desde lo que tenemos. Ahí ando. Buscando espacios donde compartirse desde ahí y criaturas con quien hacerlo.
Gracias por este regalo 🎁😊
Qué bonito es que alguien te haga emocionar y resonar tanto con unas cuantas letras , gracias por esto ,lo necesitaba 💗💗