Parásitos
Lo fascinante de la mentira no es que contradiga la realidad. Lo fascinante es que necesita de la realidad para existir.
La mentira no fabrica nada nuevo. Encuentra un cuerpo y se le cuelga.
Se pega a los hechos, se alimenta de ellos, imita su temperatura.
Desde ahí corrige: le cambia el color a una tarde, el destinatario a un mensaje, la hora a la llegada, el sentido al hecho.
Mientras tanto, cuida mucho la superficie porque sin ella no tiene con qué defenderse. No resiste una incisión. Ante un corte se abre entera y pronto aparece el relleno: miedo, vanidad, conveniencia, cobardía. A veces amor, o algo que se le parece. A veces terror puro.
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Uno miente como quien se ajusta algo encima para salir al frío. Como quien se protege.
Pero esa piel nueva no abriga. Sofoca el cuerpo y todo lo demás.
El respeto. La confianza. El tiempo.
Y poco a poco, por debajo, va creciendo una infección que acaba por pudrir pasado, presente y futuro.
Esa es su miseria.
La mentira vive de lo que encuentra vivo y lo muerde.
Una vez fuera, el veneno resulta muy difícil de retirar del todo.
Sucedió hace poco —o al menos lo suficientemente poco como para que la escena conserve todavía esa cualidad desagradable de lo reciente que tienen ciertas intuiciones cuando aún no han sido rebajadas por el relato posterior— que iba yo pensando que algo ahí no encajaba del todo.
No de una manera clara, ni limpia ni articulada —ni siquiera especialmente inteligente— sino más bien con esa insistencia subcutánea con la que el cuerpo sabe cosas que la cabeza todavía no.
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Tenía delante a alguien. Una persona, creo.
Pero no una persona al uso.
No mejor que las demás. No más buena. No más inteligente.
Solo demasiado bien puesta. Demasiado en su sitio.
Demasiado limpia.
Todo en ella estaba perfectamente repartido.
La voz justa.
El gesto justo.
La herida justa también.
Todo colocado en ese punto exacto en el que uno sigue viendo la sombra, sí, pero una sombra favorecedora. Una sombra que no afea. Una sombra que incluso suma.
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Yo escuchaba, asentía, y seguía ahí, metida en esa maquinaria, pero algo me raspaba por dentro —no siempre en el momento, claro. Hay cosas que uno solo entiende después, cuando sale del cuarto y puede mirar el escenario vacío—.
Entonces sí.
Desde la distancia, veía esa perfección infantil, incluso boba, como de cuento mal entendido, donde el lobo solo sabe ser lobo, la abuela solo sabe ser abuela y el héroe jamás tiene una esquina turbia, una mezquindad, un impulso miserable o un segundo de miedo.
Y eso era raro.
Porque la gente no funciona así. No se entiende a la primera.
La gente nunca es tan nítida. No del todo. No de cerca.
Se mueve en zonas poco claras y a veces se desborda. Quiere y a la vez duda.
Cuida y al mismo tiempo aprieta. Se ofrece y calcula.
La gente —de normal— no sabe cuadrarlo todo tanto. Se parece más a un cajón lleno de cables enredados, a una sobremesa después de una comida larga, a una pared que de lejos parece lisa y de cerca está llena de marcas, de roces y de clavos mal tapados.
De hecho —creo— es justo esa mezcla de uso, desgaste y chapuza parcial lo que la vuelve habitable.
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No es que entonces —mientras notaba esas uñitas escarbándome el pecho—, yo supiera ya la verdad. Todavía no. Ni mucho menos. Lo que tenía era solo eso: la sospecha de que, cuando alguien necesita tanta pulcritud para sostenerse, quizá ya no esté viviendo sino actuando. Porque la verdad de una persona, cuando aparece —si es que lo hace— rara vez llega bonita o estupenda del todo. Llega un poco rota, con ideas que no terminan de encajar entre sí, con un detalle de más o de menos, con algo que molesta. Porque la vida cuando pasa por nosotros nos ensucia. Nos toca. Nos mueve. Nos deja resto. Una taza en el fregadero, una frase mal dicha, una cobardía pequeña, una forma regular de querer, una respuesta que no llega, una culpa mal escondida debajo del cuerpo.
El personaje, en cambio, se queda siempre intacto, como una figurita de vitrina, como un santo enyesado. Tiene pasión por la línea recta —qué pesadilla, qué aburrimiento— y vocación de utilería. Se plancha la voz, se lustra los gestos y no soporta las manchas.
De modo que aquella perfección me producía una forma casi física de desconfianza. Y —no sé si por cansancio o por la experiencia de haber visto ya demasiadas veces cómo se fabrica una versión cómoda de uno mismo para consumo propio y ajeno— empecé a notar que allí algo chirriaba.
Y entonces, hice lo que suelo hacer cuando no tengo ni idea de qué hacer: esperar. Y sirvió. Con el tiempo—no mucho, no hace falta mucho— todo empezó a disolverse.
Empecé a notar cosas: una inflexión, una pequeña sombra en un sitio que hasta entonces tenía demasiada luz, un silencio que exigía voz.
Y fue ahí, en esas primeras imperfecciones, donde pensé: ahora sí.
Ahora sí esto empieza a parecerse a alguien de verdad.
A algo vivo.
Después vino otro matiz.
Y otro.
Y con cada uno el personaje empezó a aflojarse un poco, que era exactamente lo que necesitaba para empezar a parecer humano.
Y perdió esa tersura de escaparate.
Y esa rigidez de uniforme recién almidonado.
Y empezaron a verse sus dobleces, sus vacilaciones, las pequeñas desobediencias del cuerpo, las frases que ya no alcanzaban a sostener la imagen entera.
No hubo nada grande. Nada que sirviera como prueba reina. Nada que hiciera que uno pudiera golpear la mesa y decir: aquí está, es un monstruo.
Fue algo más fino. Más áspero. Más a goteo. Pero lo pequeño nunca debe subestimarse: con constancia va dejando marca, y cuando te descuidas ya te ha abierto un agujero.
Y al final pasó lo que puede pasar cuando una sigue mirando cuando se cierra el telón y los actores salen ya con ropa de calle: apareció la verdad.
Estaba ahí, amontonada sobre la mesa.
Y pensé que hacía tiempo que no había visto tanta verdad junta.
O tan quieta.
Porque estaba ahí, quieta.
No pedía nada. No reclamaba nada.
Después de tantas cosas que sí pedían, que sí suplican interpretación, indulgencia, contexto, absolución, entendimiento —después de tantas versiones que vienen ya extendiendo la mano para que una las ayude a sostenerse—, la verdad no. Ella no necesita defensa.
Así que la toqué.
Al principio era blanda. Una masa sin borde. Gelatina. Algo que temblaba. Después empezó a coger cuerpo y le hice preguntas: primero mal, después mejor, después con esa insistencia de niño pequeño que quiere entender.
Y mientras preguntaba, la veía cambiar. Arcilla. Después barro pesado. Después tierra.
Tierra firme.
Materia, eso, materia.
Cuánto necesitamos eso.
Algo donde apoyar el pie sin hundirse enseguida.
Porque todo lo demás se mueve demasiado.
Y cansa.
Y qué quieres que te diga: después de tanto gesto aprendido, de tanta pose bien lavada, de tanta frase puesta a secar para que perdiera la mancha, sentí que ver todo aquello era un alivio.
Pensé en algo:
La vida no se deja vivir sin perder algo por el camino. Siempre queda una mancha. Un resto. Una parte que no resulta elegante.
Nadie sale limpio de ser alguien.
Nadie atraviesa el tiempo, el miedo, el cuerpo, el deseo, la espera, el orgullo, y sale convertido en una figura nítida, coherente, admirable. Todo eso ensucia.
Por eso aquellos matices, lejos de confundirme, me hicieron descansar. No porque dolieran menos. Más bien al contrario. Sino porque tenían una textura reconocible. Se parecían al mundo.
Quizá esa sea la verdad de una persona muchas veces.
No una confesión. No un derrumbe. Quizá sea, más bien, la lenta caída de la perfección.
Sería comodísimo escribir todo esto como si yo hubiera estado siempre en el lado limpio de las cosas. Del lado de quien detecta la impostura ajena desde una especie de altura moral convenientemente iluminada, pero no.
Yo también me he montado personajes. Yo también he peinado a mi verdad. Yo también me he corrido unos centímetros hacia la zona del relato donde mejor quedaba parada.
Todos lo hacemos.
Nos vestimos para entrar en la vida como quien entra a una fiesta de disfraces, con la peculiaridad adicional de olvidar —a mitad de la noche— que llevamos disfraz. Una cara para el miedo. Otra para el deseo. Otra para la vergüenza.
Todo el año es carnaval.
La vida social está hecha de máscaras, de versiones, de pequeñas puestas en escena con las que jugamos para no caernos del todo de la imagen que los demás tienen de nosotros.
O para no caernos de la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Porque verse del todo es durísimo.
Verse sin maquillaje en la voz, sin música de fondo, sin esa explicación que recoge las cosas y las vuelve un poco menos ridículas, un poco más mostrables. Verse y decir: sí, fui yo. Yo la que hizo eso. Yo la que apretó de más. Yo la que calló donde no había que callarse. Yo la que quiso seguir siendo querida incluso cuando ya no quedaba nada que salvar.
Eso cuesta.
Pero supongo que crecer tiene algo que ver con esto: con aprender a tolerar mejor la imperfección. La propia y la ajena. Con no construir un personaje tan rígido que luego uno ya no pueda respirar dentro de él. Con aceptar que hay cosas que no te dejan bien, que no te dejan limpia, que no te dejan admirable, pero sí te dejan cerca de lo que fuiste. Y eso —aunque joda, aunque escueza, aunque arruine la presentación— sigue valiendo más que cualquier versión bonita porque en el fondo sigue siendo todo lo que buscamos.
Una cosa es maquillarse para salir al mundo, y otra muy distinta pasarse la vida entera sin lavarse la cara.
Con eso convendría no pasarse.




Que bueno señora C.
Me quedo con eso de "crecer, es tolerar la imperfecció".
Un pasito antes para mí.
Ayer estaba en una constelación familiar.. y después de varias he descubierto, que no se fingir de verdad... Descubrí que mi ego está deteriorado y que puede que esté más pendiente de no cagarla, que de dejarme llevar por la sesión.
Y estuvo bien darme cuenta.. de que puede que tenga una imperfección-limitación, o lo que es lo mismo.. una 'impertación'.
Pero me he dado cuenta.. y se que si sigo yendo podré diluirla más.. Pero no sé.. no tengo más ganas de ir.
Por eso lo del paso antes.. con los años voy descubriendo que no soy perfecto... Y así está bien..
Lo que me sugiere una duda..
..¿Se puede abandonar, algo que no se és?
Muchas gracias por contar..
Magnifique!
Mi verdad no gusta.