Salvarse
A veces no puedo creer lo mucho que se puede arreglar una vida sin arreglar nada.
A veces no puedo creer lo que algunas personas hacen.
Cambiar de ciudad. Cambiar de foto. Cambiar de contraseña.
Borrar conversaciones enteras sin leerlas por última vez.
Vaciar carpetas. Tirar cuadernos.
Regalar libros con dedicatorias arrancadas.
Decir que ya no se acuerdan cuando en realidad se acuerdan con una precisión miserable.
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A veces no puedo creer lo que algunas personas hacen.
Como cuando consiguen hablar de su vida como si le hubiera pasado a otro.
Como si aquel no hubiera sido su cuerpo, como si aquellas manos no hubieran escrito esos mensajes, como si aquella boca no hubiera prometido cosas imposibles con la seguridad de quien no sabe cuánto pesa el futuro.
Me sorprende —todavía hoy— esa habilidad que tienen para poner orden en lo que hicieron.
Ordenan la culpa por tamaños.
En una caja lo inevitable.
En otra lo que no supieron evitar.
En otra lo que no recuerdan.
En otra lo que prefieren llamar error.
Luego escriben por fuera con rotulador negro:
APRENDIZAJE
Y después todo al trastero.
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Supongo que han aprendido a contar su pasado en versión corta.
A decir fue una época difícil. A decir no estaba bien. A decir hice lo que pude.
Hice lo que pude me parece una frase muy útil. Hice lo que pude sirve para todo.
Para abandonar a alguien. Para no contestar. Para mentir. Para quedarse. Para irse tarde. Para irse pronto. Para no irse nunca.
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Mientras tanto, borran huellas. Muchas. Más de las que pensaban. Fotos duplicadas. Direcciones guardadas. Canciones que ya no escuchan. Restaurantes a los que no pueden volver. Una calle entera. Cinco cumpleaños. Ocho veranos. Una cama.
También dejan algunas huellas falsas, por si alguien viene a buscarlos. Una versión razonable. Un par de dolores bien explicados. Un arrepentimiento ajustado a los ojos de quien mira.
Mientras tanto, se perdonan cosas que no se sabe si tenían perdón. Las envuelven en palabras que suenan a terapia. Ansiedad. Supervivencia. Infancia. Miedo. Dependencia. Herida. Proceso. Uno puede esconder un cadáver detrás de casi cualquier palabra si la pronuncia despacio.
Mientras tanto, consiguen dormir.
Duermen de lado, boca arriba, con la ventana abierta, con una pierna fuera de la sábana. Duermen junto a alguien que no sabe nada. Duermen después de cenar pasta. Duermen después de decir mañana madrugo. Duermen con la boca un poco abierta, inocentes como enfermos.
La conciencia debe tener interruptor. O quizá se acostumbra a cualquier ruido, incluso al de una puerta que alguien cerró por dentro.
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A veces se vuelven amables. Eso es lo más peligroso. Compran flores. Preguntan cómo estás. Recuerdan cumpleaños. Recomiendan películas. Dan buenos abrazos.
Hay gente que se vuelve buena después de haber sido cruel y eso complica muchísimo las cosas. Uno no sabe si agradecerlo o llamar a todos los que llegaron antes para avisarles de que ahora sí, de que ahora parece que el animal aprendió a no morder.
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De vez en cuando les vuelve una escena. Creo.
No todas. Sólo una.
Una puerta de coche abierta. Una luz encendida en la cocina. Un mensaje escrito a medias. Un plato sin recoger. Una mano apartándose.
Nada suficiente para condenarlos, pero sí para estropearles la tarde.
Entonces beben agua. Respiran. Miran el móvil. Hacen cualquier cosa que pertenezca al presente. El presente es un animal pequeño, pero bien alimentado puede comerse una memoria entera.
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De vez en cuando vuelven a los sitios, pero nunca entran.
Son sus normas.
Pasan por la puerta de aquel bar. Cruzan aquella calle. Miran la ventana de aquel piso desde la acera de enfrente. Se dicen que no sienten nada. Sentir nada también cansa. Hay que apretar los dientes de una forma muy concreta. Hay que mirar lo justo. Hay que no quedarse demasiado.
Los fantasmas no siempre llevan sábana. A veces llevan prisa.
No sé.
Renacen, supongo.
Se compran ropa nueva. Empiezan a caminar por las mañanas. Dejan de beber todos los fines de semana. Van al dentista. Contestan mensajes. Aprenden a preparar café sin pensar en nadie.
Saben cavar deprisa. Poner flores encima. Caminar de vuelta sin mirar.
Renacer parece siempre noble. Salir de la crisálida, dejar atrás la piel, crecer, sanar, avanzar. Nadie habla de lo que queda en el suelo después de la transformación. La piel vieja. La baba. Los restos. La gente que limpiaba mientras el otro aprendía a volar.
La gente llama renacer a cualquier cosa que no sea morirse del todo.
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A veces no puedo creer lo mucho que se puede arreglar una vida sin arreglar nada.
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No sé cuántas veces puede resucitar alguien sin devolver la vida a nada de lo que mató.
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Sea como sea, creo que a ratos son felices. Felices de verdad. Esa es la parte más rara. Se ríen en una cocina. Pelan una naranja. Se bañan en el mar. Adoptan un perro. Tienen un hijo. Alguien les besa la nuca. No recuerdan nada. No porque hayan vencido al pasado, sino porque el cuerpo es limitado y no puede sujetarlo todo a la vez. La felicidad a veces no es justicia. A veces sólo es falta de espacio.
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A veces no puedo creerme que alguien pueda salvarse de sí mismo tantas veces.
A veces puedo creerme que eso sea salvarse.
A veces no puedo creer lo que algunas personas hacen mientras siguen ahí, con la misma cara, más o menos. Con las mismas manos. Con una vida que funciona casi todos los días.
A veces no puedo creer que yo también lo haga.



CLAUDIA! ¿Quién te dio permiso de escribir así?
Qué manera tan increíble de poner las cosas en palabras. Me emociono muchísimo cada vez que escribes algo, tienes una forma muy especial de transmitir.
Se trata, tal vez, de huir de lo que alguna vez fue importante. Huida de algo que dañó tanto que el solo recuerdo vuelve a dañar. La huida de uno mismo, una cobardía consciente, justificada como supervivencia. Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra.